Las pruebas de Amina – 1 – Primera prueba (IV)

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Cansada de recorrer tantas salas sin fin, al final llegó a una que no parecía tener puertas a la vista, ni con las extrañas gafas ni sin ellas. Pensando que se le habría pasado por alto alguna otra puerta en una de las salas anteriores, se dispuso a dar la vuelta y retroceder el camino, pero antes de que saliera de la habitación un pequeño detalle llamó su atención. Entre las junturas de las piedras que formaban la pared junto a la puerta, asomaba un pequeño papel que presurosa procedió a retirar para ver su contenido:

Has llegado casi al final,

ahora debes confiar en tu fe.

Siéntate en el centro de la sala

y que tu mente abra las puertas

que permanecen cerradas.

Sin entender demasiado bien el mensaje, Amina se sentó en el centro de la estancia tal y como la indicaban y por más que miró fijamente las paredes, tanto con las gafas como sin ellas, no vio nada que pareciera una puerta ni que le permitiera salir de allí. Derrotada se dejó caer sobre su espalda, pensando que si en un tiempo no conseguía salir alguien iría a buscarla. Las horas pasaron y con ellas creció la incertidumbre que anidaba en su interior, no conseguía encontrar la solución a ese último enigma. Al final se quedó dormida, hecha un ovillo sobre el frío suelo de piedra. Cuando despertó, al principio no recordaba donde se encontraba, pero al ver las desnudas paredes de piedra los recuerdos la asediaron. Con más determinación que nunca se puso a pensar en una solución a su encierro y como si de la nada apareciera, vislumbró una pequeña grieta en una de las paredes. Corrió hacía ella y la tanteó con sus dedos, descubriendo que no era fruto de su imaginación, sino que era real. Ayudándose con las uñas, poco a poco fue arrancando la masilla que tapaba la grieta, haciendo que esta fuera mayor y con un poco de fuerza pudo retirar poco a poco las piedras de la pared hasta abrir un pequeño hueco por el que con un poco de dificultad podría pasar su cuerpo.

Después de pasar por el pequeño agujero que había creado, se encontró en el exterior del edificio en el que había estado. Hasta ese momento pensaba que había estado en los sótanos de la casa de su abuela, pero al observar lo que la rodeaba se dio cuenta de que nada le resultaba conocido, cosa improbable si se tratara de la casa en la que se había criado de niña. Con cautela empezó a caminar siguiendo el perímetro del edificio, hasta que se topó con una alta valla que la impedía el paso; volvió sobre sus pasos para rodear el edificio por el otro lado, pero después de unos minutos caminando una nueva valla impedía su avance. Solo la quedaba avanzar hacía el frente e internarse entre los altos arboles para intentar encontrar una salida. Así lo hizo y llegó a un pequeño claro donde había una pequeña mesa de piedra y sobre ella todo tipo de viandas que al verlas hizo que recordara que llevaba largas horas sin comer. Sin pensar en las consecuencias se abalanzó sobre ellas y comenzó a degustarlas con exquisito placer. Cuando se sintió saciada un extraño sopor se apoderó de ella y sin que pudiera evitarlo se desmayó a los pies de la mesa.

Las pruebas de Amina – 1 – Primera prueba (III)

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Después de leer la nota, Amina se dirigió rápidamente al baúl con la idea de forzar el candado y conseguir abrirlo, pero cual fue su sorpresa al ver que el candado no cerraba el cofre, su función no era más que decorativa. Esperanzada, comenzó a abrirlo y pudo observar al fin su contenido: un conjunto de ropa interior granate de encaje, formado por un sujetador que dejaba sus pezones al aire y un minúsculo tanga con una apertura en la entrepierna; un vestido largo de seda negro con un sugerente escote y una larga raja en la parte de la falda; unas altísimas sandalias de tacón a juego con el vestido; unas extrañas gafas con los cristales ahumados y una escueta nota sobre todo ello:

Póntelo todo

 

Sin pensárselo dos veces, dejó caer la sabana que la cubría y se fue poniendo una a una las prendas recién descubiertas. Primero se puso el diminuto tanga con cuidado de dejarlo en su sitio y que la apertura coincidiera exactamente con sus labios vaginales; después el sujetador elevando sus pechos con las manos para que los pezones quedaran sobre el borde de la tela; luego el vestido, que se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido confeccionado especialmente para ella; se sentó en la cama para colocarse las sandalias que nuevamente eran exactamente de su talla y por último se colocó las gafas. Cuando elevó la cabeza, le pareció que estaba viendo una habitación completamente distinta que en la que se encontraba, por dimensiones parecía la misma pero las paredes en vez de estar desnudas aparecían ricamente adornadas con cortinas y tapices. Se quitó las gafas y vio las desnudas paredes de nuevo. Se las volvió a poner y aparecieron todas las decoraciones que había observado anteriormente. Dudosa, comenzó a recorrer la habitación, pero cuando intentó rozar con sus dedos alguna de las telas, estos solo rozaban la fría piedra de la que estaban hechas las paredes. Entre dos cortinas, aparecía lo que parecía ser una puerta abierta. Con cautela, se acercó y temerosa extendió sus dedos esperando encontrar de nuevo la fría piedra, pero en este caso la ilusión era real y su mano atravesó el umbral de la puerta. Retiró la mano y se quitó las gafas y sus ojos volvieron a ver la pared de antes, de nuevo acercó la mano y sus dedos atravesaron la pared como si se tratara de alguna especie de holograma. Confiada, avanzó y atravesó la pared, penetrando a una nueva estancia.

Esta sala parecía vacía, sin puertas ni ventanas, solo iluminada por una pequeña lámpara que pendía del techo. Colocándose de nuevo las gafas, una nueva sala apareció ante sus ojos, adornada con coloridos tapices y cortinas y una nueva puerta abierta. Animada la atravesó y se encontró con otra sala en la que volvió a repetir la misma operación y después de esta otra y otra, tantas que incluso llegó a perder la cuenta.

Las pruebas de Amina – 1 – Primera Prueba (II)

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Cuando el hombre que le había robado la virginidad se separó a Amina, esta suspiró con alivio, pensando que su captor ya estaría satisfecho y la dejaría ir, pero por desgracia estaba equivocada.

Aún con el semen deslizándose de su interior, el hombre comenzó a acariciar de nuevo los pechos de la chica, regodeándose en sus cada vez más endurecidos pezones. Cuando estos ya estaban en toda su plenitud, empezó a pellizcarlos, cogiéndolos entre dos dedos y retorciéndolos, haciendo que Amina sollozara de dolor. No contento con eso, colocó en sus ya maltrechos pechos sendas pinzas unidas con una cadena que ató a su vez a un gancho por encima de sus manos. En esa postura poco podía moverse sin provocar que la cadena se tensara aún más, provocando nuevas oleadas de dolor. En esa nueva situación el hombre dejo los pechos de Amina para concentrarse en su hasta hace poco virginal vagina. Con un gesto separó las piernas que Amina había cerrado tan pronto como le había sido posible y comenzó a penetrarla de nuevo. Poco tardó en inundar sus entrañas con su simiente, dejando a la chica semiinconsciente debido al dolor producido por las pinzas que aún la aprisionaban y que no había podido evitar que se clavaran aún más en su piel durante el vaivén de la penetración. Aprovechando el actual estado de indefensión de la chica, él desató sus brazos y soltó las pinzas que aprisionaban sus pezones. La tapó con una fina colcha y depositó sobre esta, una nota que contenía sus siguientes instrucciones.

Cuando Amina despertó, se destapó, se quitó el antifaz que nublaba su vista y procedió a examinar el estado en el que había quedado su cuerpo después de pagar su primer tributo. Sus pechos estaban enrojecidos y sus pezones arañados e hinchados debido a las pinzas, el más leve roce sobre ellos hacía que se estremeciera de dolor. El panorama que vislumbró al examinar su entrepierna era igual de desolador: estaba hinchada y enrojecida, y bajo ella se había formado un charco formado por sus fluidos, su sangre y el semen del hombre que la había penetrado. Con cuidado, se sentó en el colchón en el que la habían depositado, posando sus pies desnudos sobre el frío suelo de la estancia.  En ese momento aprovechó para observar la sala en la que se encontraba. No había puertas ni ventanas a la vista; en un extremo de la habitación había un ornamentado reclinatorio frente a una cruz clavada en la pared; en el otro una bañera llena de agua que emanaba vapor, prueba de que estaba caliente y frente a la cama un gran baúl de madera que portaba un gran candado.

Se levantó con paso vacilante y comenzó a recorrer la sala, poniendo especial cuidado al observar las paredes que la rodeaban, esperando encontrar una puerta oculta que la permitiera escapar de su prisión. No tuvo éxito en su tarea, por lo que desanimada decidió que lo mejor sería aprovechar el agua de la bañera que aún permanecía caliente para quitarse los restos que había dejado su captor en ella. Se sumergió en el líquido elemento y por unos instantes se relajó, olvidando los dolorosos recuerdos de la penetración a la que había sido sometida. Sin pensar si quiera en ello, sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo, deslizándose por él tal y como había hecho las manos de sus captores. Masajeó sus pechos suavemente, con cuidado de no rozar sus heridos pezones y después continuó sus caricias por su vientre bajando hasta su vagina; recordando los breves momentos de placer que sintió cuando su captor hizo lo mismo, buscó su clítoris y presionándolo gradualmente se dejó llevar por el placer que recorría su cuerpo. Por primera vez sintió un orgasmo, asustada y maravillada a la vez sonrió a la vacía habitación, felicitándose por haber encontrado esa fuente de placer en su propio cuerpo.

El agua comenzaba a enfriarse por lo que procedió a salir de la bañera, pero se encontró con que no tenía toallas con las que secarse, así que rápidamente fue hasta el colchón decidida a secarse con la colcha con la que la habían tapado anteriormente. Al levantarla y envolverse en ella cual túnica romana, una hoja de papel se deslizó hasta el suelo, quedando a sus pies. Amina se agachó presurosa a cogerla, intrigada por su contenido.

Ya has pagado tu tributo,

es hora de que demuestres tu valía.

Tu primera prueba consiste en

que salgas de esta habitación.

Para ello, te daremos una sola pista:

Abre el baúl, gracias a él

encontrarás la salida.

Las pruebas de Amina – 1 – Primera Prueba

Continuación de http://comienzosdetierravacia.wordpress.com/2011/09/29/las-pruebas-de-amina-prologo-ii/

La puerta se cerró a sus espaldas, Amina se encontraba en una pequeña sala de piedra iluminada por tan solo una vela. En el otro extremo de la estancia un arco le daba paso a otra sala que permanecía en penumbras. Haciendo acopio de valor, sujetó la vela entre sus manos y se dirigió a la nueva sala, mucho más grande que la anterior y cuyas paredes estaban decoradas con el escudo que aparecía en el libro que le había regalado su abuela. En el centro de la estancia, sobre una pequeña mesita se encontraba colocado un antifaz y una pequeña nota que decía así:

Bienvenida, si estas aquí es debido a que

has aceptado la responsabilidad que

conlleva proteger a Montalhanab.

Pero antes, necesitamos saber si eres capaz

de afrontar los peligros que comporta esta tarea.

Es el momento de pagar el tributo

 y pasar tu primera prueba, para ello,

despréndete de la túnica que vistes y colócate el antifaz.

Alguien vendrá a buscarte.

Amina se sintió sorprendida ante el contenido de la misiva, no entendía porqué tenía que desnudarse y colocarse un antifaz. Pero llegados a ese punto, entendió que no tenía otra opción e hizo lo que la pedían. Deslizó la túnica por su cuerpo desnudo, dejando que cayera a sus pies y después colocó con cuidado el antifaz sobre su rostro. Este tenía el espacio para los ojos cubierto con una gasa negra que le impedía ver nada. Se dispuso a esperar a que fueran a buscarla.

Minutos más tarde unos pasos se acercaron hasta ella, la agarraron de las muñecas y la condujeron a una nueva estancia. La amordazaron mientras unas manos recorrían su cuerpo desnudo, deteniéndose y explorando concienzudamente sus pechos e internándose en la humedad existente entre sus piernas. La tumbaron sobre una superficie lisa y mullida, donde amarraron sus manos por encima de su cabeza. Las manos que recorrían su cuerpo no se detuvieron e incrementaron las intensidad de sus caricias; pellizcando los pezones de la muchacha haciendo que estos se irguieran e introduciendo sus dedos entre sus piernas, explorando su virginal conducto. Después de tal examen, esas manos se retiraron dando paso a otras, estas más grandes y ásperas, como si pertenecieran a alguien que trabajara con ellas. Estas nuevas manos comenzaron de nuevo la exploración de su cuerpo, como habían hecho las otras; primero recorrieron toda su piel, desde las muñecas hasta los pies, subieron hasta sus pechos donde se detuvieron jugando con sus pezones para que se mantuvieran erguidos, bajaron suavemente hasta su ombligo y siguieron el camino hasta su entrepierna, donde cuidadosamente separaron sus labios para dejar visible el acceso a su incorrupta entrada. La acariciaron suavemente, buscando y presionando gradualmente su clítoris, haciendo que la inocente chica no pudiera evitar suspirar de placer. A continuación, el dueño de esas ásperas manos se colocó sobre ella y poco a poco comenzó a penetrarla con su ya endurecido miembro. Pronto se encontró con el virgo de la muchacha y con un empellón más fuerte que los anteriores, lo rasgó y continuó hasta culminar la penetración.

La rotura del himen de Amina resultó muy dolorosa para ella, que no pudo evitar dar un grito que quedó ahogado por las mordazas. Pero pronto ese dolor desapareció para dar lugar a un cada vez más creciente placer. Los movimientos del hombre que estaba sobre ella cada vez se hacían más rápidos y frenéticos, penetrándola cada vez más profundamente, sintiendo como la llenaba completamente, consiguiendo que su cuerpo se amoldara con facilidad al nuevo intruso y lograra disfrutar de él. El hombre por fin alcanzó su clímax, derramándose en su interior y permaneciendo quieto unos instantes.

Las pruebas de Amina – Prologo (II)

Continuación de http://comienzosdetierravacia.wordpress.com/2011/09/27/las-pruebas-de-amina-prologo/

Al día siguiente comenzaron las celebraciones bien entrada la mañana. Amina apenas hizo caso de ellas, estaba impaciente por reunirse de nuevo con su abuela y que le respondiera a todas las preguntas que se había formulado al leer el libro. Según apareció la anciana por la puerta se abalanzó sobre ella, suplicándole que hablaran en ese momento, pero esta, con un leve movimiento de cabeza, le indicó que se reunirían de nuevo esa misma noche en su casa, cuando acabaran los festejos. Cuando todos los invitados se marcharon a sus respectivos hogares, Amina se encaminó de nuevo al domicilio de su abuela, donde esta la esperaba sentada en el porche trasero de la casa. Nada más saludarse, Amina comenzó a hablar atropelladamente sobre las cosas que le habían sorprendido al leer el libro que le había proporcionado el día anterior. Su abuela, con una ligera sonrisa en sus labios, la indicó que escuchara, pues tenía mucho que contarle.

- Fátima, nuestra antepasada–comenzó a contar- encontró en la antigua capilla dos cosas: un pergamino enrollado en muy mal estado y una figura de piedra que representaba una mujer sosteniendo un escudo que contenía una rosa. Excitada por su hallazgo, volvió rápidamente a sus aposentos, donde con la ayuda de la luz de una vela intentó descifrar el texto que aparecía en el pergamino. Era una antigua profecía cuyas palabras ya se han perdido, pero que solicitaba a la persona que lo encontrara que salvaguardara con su vida la estatua de piedra. Así se creó la Hermandad de la Tercera Rosa. Durante generaciones, la tercera hija de cada tercera hija es la elegida para portar sobre sus hombros esta gran responsabilidad. Todo esto no esta exento de peligros, muchos hombres ambicionan la posesión de la estatua, la cual se dice tiene poderes mágicos. Para protegernos, paralelamente a nuestra hermandad se creó otra, la Hermandad del Tercer Hombre, un grupo de hombres cuya misión es defender a las elegidas para la custodia de la figura. Esta protección no es gratuita, debemos pagar un tributo y cada nueva elegida debe demostrarles que es apta para ello pasando una serie de pruebas.

- ¿Pagarles?-preguntó Amina- ¿unas pruebas? ¿cómo si fuera un examen?

- Te he contado al respecto todo lo que puedo en este momento, a esas preguntas encontraras respuesta si aceptas ser la próxima elegida. Pero ahora deja que continué la historia.

- Si abuela, continua, por favor.

- Nuestra labor no solo trata de proteger la estatua de todo peligro, si no también de encontrar a su hermana gemela. Durante generaciones hemos estado buscando el paradero de esta otra sin mucho éxito, sabemos a ciencia cierta que existe pero desconocemos en manos de quien esta, probablemente de nuestros enemigos. Quien consiga reunir las dos estatuas, conseguirá tal poder que no podemos ni imaginar. Nosotras, como sus custodias, tenemos la obligación de evitar que ese poder caiga en malas manos, con la inestimable ayuda de la Hermandad del Tercer Hombre. Si aceptas seguir la tradición de tus ancestros, debes saber que no llevaras una vida normal como el resto de las mujeres de la familia, lo primero para las elegidas siempre ha de ser la Hermandad y la salvaguardia de sus secretos. Nunca te casarás, pero traerás hijos al mundo. No amarás a un hombre, tu amor será solo hacía tus descendientes. Dejarás en manos de otros el cuidado de tus hijos, como tu madre hizo con los suyos y yo con los míos. Pero a cambio de todo esto, sabrás que estas cumpliendo tu deber para con el mundo, lo que debe de llenarte de orgullo.

- Pero necesito saber más…

- Querida niña, ya no puedo contarte más,-dijo pesarosamente la anciana- todo lo demás lo descubrirás a su debido tiempo. Ahora debo preguntarte: ¿aceptas la responsabilidad de ser la elegida de la Hermandad para cumplir tan ardua tarea?

- Si, acepto.

- No esperaba otra cosa, ahora acercame tu mano derecha.

Amina siguió las instrucciones de su abuela, acercando su mano tal y como esta le había indicado. La anciana sacó una daga labrada de una pequeña caja que había sobre la mesa y con ella trazó una pequeña cruz en el dorso de la mano de la chica. La herida comenzó a sangrar copiosamente, manchando el estuche que había contenido la daga. Con unos rápidos movimientos vendó la mano de la joven y guardó la daga en la caja manchada con su sangre. Luego, acompañó a su nieta hasta las bodegas de la casa, donde le entregó una túnica con capucha de color azul y le indicó que se quitara toda su ropa y se la pusiera. Amina así lo hizo y espero sus siguientes instrucciones. La anciana empujo un pequeño candelabro que estaba colgado en una pared cercana y se desveló una puerta que había permanecido oculta desde entonces.

- Tus pruebas comienzan aquí, Amina.-dijó la anciana- Te deseo mucha suerte en tu camino.

La besó en las mejillas y con un empujoncito la condujo hasta la puerta.

Las pruebas de Amina – Prologo

Amina leyó de nuevo la nota que le había hecho llegar su abuela, poco antes de partir hacía su encuentro. No dejaba de preguntarse que sería eso tan importante que tenía que contarle y porqué iba a influir tanto en su futuro. Mientras caminaba por la calle, no dejaba de hacer conjeturas sobre su posible mensaje: ¿le habría encontrado marido?, al alcanzar la mayoría de edad ¿recibiría alguna herencia de la que no tenía conocimiento?, ¿tenía algún hermano perdido?, ¿alguna enfermedad hereditaria?

Sin darse cuenta, caminaba cada vez más rápido, impaciente por encontrarse con la anciana, llegando mucho más rápido a su casa de lo que habría llegado en condiciones normales. Al aproximarse al antiguo edificio no pudo evitar sonreír, muchos buenos recuerdos se agolpaban en su mente cada vez que lo veía; allí paso la mayor parte de su niñez, jugando entre los altos árboles que protegían del sol la amplia finca, merendando en el gran porche de piedra en la parte trasera de la vivienda o imaginándose mil historias en el desván las tardes lluviosas. Cuando llegó frente a la verja, antes de que le diera tiempo a elevar la mano para llamar al timbre, las puertas automáticas se abrieron, franqueándole la entrada. Siguió el camino, que tan bien conocía, hasta llegar a la puerta principal de la residencia, donde ya la esperaba su abuela, ataviada con ropas oscuras, como solía vestir desde la muerte de su marido hace muchos años. Una amplia sonrisa se iluminó en el rostro de ambas cuando se cruzaron sus miradas, debido al gran cariño que se profesaban. Se dirigieron hacía la biblioteca de la mansión, donde se instalaron en los cómodos sillones, abrigadas por las estanterías cargadas de miles de libros.

- Querida Amina, –comenzó la abuela- supongo que estarás impaciente por descubrir que es eso tan importante que tengo que contarte.

- Si abuela –contestó la joven.

- Hace muchos años, cuando se construyó esta casa, al excavar para poder poner los cimientos, se descubrieron unas ruinas de lo que parecía ser una antigua capilla. Fátima, una antigua antepasada nuestra, era una mujer muy aventurera a la que encantaban todo tipo de misterios y una noche, escapando del férreo control al que la sometía su padre, se escapó para poder desentrañar todos los misterios que creía ocultaba la antigua capilla.    

 Amina miró con interés a su abuela, no acabando de entender como le podía afectar en algo a ella una historia que tenía más de 800 años (época de la que databa la casa); pero aún así la animó a continuar:

- Continua por favor.

- Bien,–continuó la abuela- el caso es que, pese a las pocas posibilidades de encontrar algo que tenía, si lo encontró y es algo que ha pasado de generación en generación en nuestra familia desde entonces.

- ¿Qué es, abuela? –preguntó Amina, mostrando mucho más interés ahora.

- Tranquila cariño, todo a su debido tiempo –contestó la anciana.

Dicho esto, se levantó y se dirigió hacia una de las estanterías cercanas, de donde sacó un gran libro antiguo y lo depositó en la mesa que había frente a ellas. En el lomo aparecían unos caracteres que Amina no conseguía distinguir, acompañados de la ilustración de una rosa roja enmarcada en un escudo azul.

- En este libro se cuenta la historia de nuestra familia, empezando por Fátima y continuando con sus descendientes hasta bien entrado el siglo XIV. Es un regalo anticipado que te voy a hacer por tu cumpleaños, quiero que lo leas atentamente, pues que conozcas todas estas historias es importante para una decisión que tendrás que tomar próximamente.

- ¿Qué decisión? Cuéntame más, abuela –exigió impaciente Amina- ¿qué es lo que encontró Fátima en la capilla?

- Todo a su debido tiempo, querida niña. Muchas respuestas encontraras en este libro y muchas más preguntas sin responder también. Cuando lo leas volveremos a vernos.

Y así terminó su encuentro. Amina se dirigió a su casa con el libro que le había regalado su abuela, nerviosa por comenzar a leerlo cuanto antes. Cuando llegó, corrió a encerrarse en su cuarto para poder empezar a leer el libro de sus antepasados. Estaba encuadernado en piel, en el lomo aparecían los caracteres extraños que había podido apreciar antes, pero echándoles un vistazo más concienzudamente siguió sin poder descifrarlos. En la cubierta principal aparecía de nuevo el escudo con la rosa roja en su interior, esta vez en relieve, por lo que la joven se entretuvo unos instantes siguiendo su contorno con los dedos. Abrió el libro con cuidado, pues no quería que se estropeara al ser tan antiguo. En la primera hoja aparecía un árbol genealógico un poco extraño, comenzando por Fátima.

A la vista de ese árbol genealógico, Amina se dio cuenta de varias cosas: solo aparecían los nombres de los miembros femeninos de su familia y solo se desarrollaba en el caso de los terceros descendientes que aparecían remarcados en un color más oscuro que los demás. Pensando en ello llegó a la conclusión de que ella era la tercera hija de la tercera hija de su abuela, pero seguía sin saber que significado podría tener. El libro en si era una ampliación del árbol genealógico que aparecía en la primera página, contando los hechos más relevantes de cada miembro integrante del mismo pero con una curiosa coincidencia: nunca se revelaba el motivo del fallecimiento de los terceros miembros de cada generación.