Continuación de http://comienzosdetierravacia.wordpress.com/2011/10/31/las-pruebas-de-amina-1-primera-prueba-iii/
Cansada de recorrer tantas salas sin fin, al final llegó a una que no parecía tener puertas a la vista, ni con las extrañas gafas ni sin ellas. Pensando que se le habría pasado por alto alguna otra puerta en una de las salas anteriores, se dispuso a dar la vuelta y retroceder el camino, pero antes de que saliera de la habitación un pequeño detalle llamó su atención. Entre las junturas de las piedras que formaban la pared junto a la puerta, asomaba un pequeño papel que presurosa procedió a retirar para ver su contenido:
Has llegado casi al final,
ahora debes confiar en tu fe.
Siéntate en el centro de la sala
y que tu mente abra las puertas
que permanecen cerradas.
Sin entender demasiado bien el mensaje, Amina se sentó en el centro de la estancia tal y como la indicaban y por más que miró fijamente las paredes, tanto con las gafas como sin ellas, no vio nada que pareciera una puerta ni que le permitiera salir de allí. Derrotada se dejó caer sobre su espalda, pensando que si en un tiempo no conseguía salir alguien iría a buscarla. Las horas pasaron y con ellas creció la incertidumbre que anidaba en su interior, no conseguía encontrar la solución a ese último enigma. Al final se quedó dormida, hecha un ovillo sobre el frío suelo de piedra. Cuando despertó, al principio no recordaba donde se encontraba, pero al ver las desnudas paredes de piedra los recuerdos la asediaron. Con más determinación que nunca se puso a pensar en una solución a su encierro y como si de la nada apareciera, vislumbró una pequeña grieta en una de las paredes. Corrió hacía ella y la tanteó con sus dedos, descubriendo que no era fruto de su imaginación, sino que era real. Ayudándose con las uñas, poco a poco fue arrancando la masilla que tapaba la grieta, haciendo que esta fuera mayor y con un poco de fuerza pudo retirar poco a poco las piedras de la pared hasta abrir un pequeño hueco por el que con un poco de dificultad podría pasar su cuerpo.
Después de pasar por el pequeño agujero que había creado, se encontró en el exterior del edificio en el que había estado. Hasta ese momento pensaba que había estado en los sótanos de la casa de su abuela, pero al observar lo que la rodeaba se dio cuenta de que nada le resultaba conocido, cosa improbable si se tratara de la casa en la que se había criado de niña. Con cautela empezó a caminar siguiendo el perímetro del edificio, hasta que se topó con una alta valla que la impedía el paso; volvió sobre sus pasos para rodear el edificio por el otro lado, pero después de unos minutos caminando una nueva valla impedía su avance. Solo la quedaba avanzar hacía el frente e internarse entre los altos arboles para intentar encontrar una salida. Así lo hizo y llegó a un pequeño claro donde había una pequeña mesa de piedra y sobre ella todo tipo de viandas que al verlas hizo que recordara que llevaba largas horas sin comer. Sin pensar en las consecuencias se abalanzó sobre ellas y comenzó a degustarlas con exquisito placer. Cuando se sintió saciada un extraño sopor se apoderó de ella y sin que pudiera evitarlo se desmayó a los pies de la mesa.
