Después de varios años de arduo trabajo, por fin acabé mi querida carrera, en ese momento tenía dos opciones: lanzarme de lleno hacía el mundo laboral o bien mejorar aún más mis estudios asistiendo a unos cursos de verano para especializarme aún más. Me decidí por la segunda opción…
Estos cursos se impartían en una casa de campo cercana a una base aérea abandonada, ideal para probar todo tipo de prototipos y demás cosas que fueran surgiendo. Aparecí el día y a la hora convenida, rápidamente me hicieron pasar a la sala de reuniones donde procederían a presentarnos al cuerpo docente y a nuestro responsable directo. Según me explicaron cuando me inscribí cada alumno dependeríamos de un profesor en especial, que sería el encargado de seguir nuestra evolución y ayudarnos cuando fuera necesario. Después de las presentaciones pasaron a enseñarnos nuestros dormitorios, debido a que nos encontrábamos en un lugar bastante alejado de todo, dormiríamos también allí.
Las clases comenzaron al día siguiente de las presentaciones, esa misma tarde me resultó raro que algunas compañeras se quejaran al sentarse o lo hicieran con extremo cuidado, pero no le dí mucha importancia hasta que una compañera me contó que era debido a que habían sido castigadas. ¿Castigadas? En un primer momento me pareció surrealista que a nuestra edad alguien pudiera castigarnos físicamente, así que tuve mucho cuidado de no hacer nada que pudiera hacer que me castigaran a mi también. Pero una noche fui con mis amigas a la base, como hacíamos siempre después de cenar, y entre unas cosas y otras se nos hizo más tarde de lo debido y cuando volvimos a nuestros dormitorios ya había pasado (y mucho) el toque de queda. Pensamos que nadie se había dado cuenta, pues al entrar no vimos que nos esperaran ni nada parecido, pero al día siguiente después de las clases de la mañana, nos llamaron a cada una al despacho de nuestros respectivos profesores.
Cuando me encontré con el mio en su despacho empezó a sermonearme a cerca de la poca consideración que habíamos tenido al desaparecer durante horas y volver tan tarde, mucho después de la hora convenida. Durante toda esa charla yo lo único que pude hacer fue bajar la mirada esperando que el castigo no fuera demasiado duro. Me hizo colocar sobre sus rodillas, levantó mi falda dejandola enrollada en mi cintura y bajó mis braguitas hasta mis rodillas. En esa posición tan humillante comenzó a azotarme, dejando caer su mano primero en una nalga para luego dejarla caer en la otra, siguiendo esa cadencia, nalga derecha, nalga izquierda, nalga derecha, nalga izquierda… Sin previo aviso cambió el ritmo y me daba dos en la nalga derecha, para luego darme uno en la izquierda y después tres en la derecha. El dolor que me producían sus azotes era cada vez era más intenso, en un momento dado intenté taparme las nalgas con mis manos, pero rápidamente me sujetó las manos a la espalda para incrementar aún más los golpes. Mis nalgas ya estaban completamente rojas, ese día la que tendría problemas para sentarme sería yo…
Me ayudó a levantarme y me colocó la ropa, diciéndome que aún no habíamos acabado. Me mandó ir a la cocina y pedir a una de las cocineras una raíz de jengibre. Sin entender nada fui rápidamente a cumplir con lo que me había pedido, bajé hasta las cocinas y pedí el jengibre. Una de la cocineras me miró con lastima y puso en mis manos una bandeja con un cuenco de agua, un cuchillo y el jengibre, este parecía una mano con sus cinco dedos. Con la bandeja en las manos volví al despacho del profesor que me indicó que lo pusiera sobre la mesa. Me hizo sentar sobre sus rodillas mientras el preparaba la raíz. Primero cortó uno de los dedos, no demasiado grueso pero si bastante alargado, lo sumergió en el agua y comenzó a pelarlo y cortarlo hasta dejarlo redondeado por la punta; también dejó un poco más estrecha una zona cercana a la base. Yo no sabía muy bien el uso que le iba a dar, pero empezaba a imaginarmelo y no me gustaba nada. Me volvió a colocar sobre sus rodillas, subiendo mi falda y bajando mis braguitas, con una mano separó mis nalgas y con la otra comenzó a introducir la raíz por mi culito, debido al agua y a la naturaleza del material, se deslizaba fácilmente y rápidamente estaba totalmente dentro. Al principio comencé a notar cierto escozor, pensaba que era debido a la dilatación que estaba produciendo eso en mi trasero, pero cuando comenzó a azotarme de nuevo recordé que había leído en algún sitio la naturaleza irritante que tenía el jengibre… Y así era, con cada nuevo azote se hacía todavía más patente la raíz que tenía en mi trasero, escociendome cada vez más, dejando de lado el dolor que me producían los azotes para concentrarme solo en el escozor.
Cuando por fin terminó el castigo, sacó el jengibre de mi trasero y subió mis braguitas y recordandome que debía llegar a mi hora por las noches me despidió para que pudiera ir a la siguiente clase.